Inmigración
21 feb. 26
La cosa comienza aquí, según cuenta el Banco Mundial
En los próximos 10 a 15 años, 1200 millones de jóvenes de los países en desarrollo alcanzarán la edad laboral, una escala que el mundo no ha visto nunca. Sobre la base de las tendencias actuales, se espera que estas economías generen solo unos 400 millones de empleos durante ese mismo período, lo que deja una brecha de proporciones alarmantes.
Por el lado de los países desarrollados (o así llamados) el problema es otro: escasa natalidad e incremento de la esperanza de vida, con lo que son previsibles proporciones alarmantes entre el número de pensionistas y el de los que estén trabajando.
Exceso de mano de obra y escasez de la misma se encuentran en el "mercado" mundial: los que sobran en los países en desarrollo emigran a los países desarrollados.
La comunidad laboral latinoamericana es la que más crece en España en los últimos años, hasta superar el millón de afiliados a la Seguridad Social en 2025. Al desagregar por países, los que más titulares copan son Colombia, el país con más volumen de trabajadores, y Venezuela, el que más empleos nuevos aportó el año pasado. La tercera comunidad con más presencia capta menos atención, pero mes a mes gana importancia en el mercado laboral español. Son los peruanos, que rondan las 100.000 afiliaciones a la Seguridad Social desde finales del año pasado. Es el nivel más alto desde que hay registros.
Y en ese contexto aparece el rechazo de la inmigración por parte de los países que la necesitarían. Es la ideología trumpista, entre otras, selectiva en cuanto a qué inmigrantes expulsar, pero, en todo caso, con planteamientos hacia el aumento de tales expulsiones. Eso sí, con constatables efectos en la reducción del turismo.
Sin embargo, hay problemas a la hora de legitimar ese rechazo a los inmigrantes. Es difícil decir "vienen a robarnos nuestro trabajo", vista la demanda existente en los puntos de llegada. En cambio, es fácil decir que "vienen a robarnos nuestra identidad" (raza, religión, costumbres diferentes a la "nuestra" desde el vestido al modo de saludar).
Pero ahí, por lo menos en teoría, hay diferencias entre los países receptores como demuestra el Pew Research Center. Aunque reconozco mis dudas sobre el valor exacto de su muestreo, no viene mal dar un vistazo en sus tablas sobre orgullo sobre el propio país. Las diferencias de país a país son notables.
La base de tales identidades es discutible. Si es por raza, todos venimos de parientes de los monos. Si es por cultura, la historia de cada país es la historia de los diferentes pueblos que han vivido allí, a buenas o a malas. Albaida (La Blanca, en árabe) es un pueblo de Libia, pero también el nombre del pueblo en que nací, en la provincia de Valencia, España.
Sin salir de ese último país, la mezcla de celtas, íberos, visigodos, romanos, árabes, judíos o, si se prefiere, los estratos de tales culturas en la España actual, hace, por lo menos, problemático el recurrir a la amenaza de nuestra identidad por venir de otros países. Venir de Albaida, tener apellidos de conquistadores o de judíos sefardíes (en este caso, pudiendo pedir la nacionalidad española) hace que la amenaza a "nuestra" cultura sea más retórica que real. Y retórica quiere decir usada por la política para conseguir fines propios, como en buena parte, sucede con los separatismos. La separación es el fin (en interés de los separadores), la identidad es uno de los medios y la amenaza externa el medio infalible.
Pues en eso están en los Estados Unidos, olvidando a sus pueblos indígenas conquistados por gentes de diversas lenguas y religiones, después homogeneizados.
Porque es la retórica la que cuenta. En poblaciones aquejadas por la insatisfacción o la inseguridad es fácil convencer a mucha gente para que encuentre un "enemigo" sobre el que descargar la agresividad que produce la insatisfacción de necesidades (no materiales, pero también materiales). Por ahí va el trumpismo como, en su día, pasó con el fascismo (también al español).
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