Desahogo

 9 ago 26

De la palabra al hecho hay un trecho. Hablo de la palabra soberanía y podría hacerlo en términos personales que no hacen al caso. Parto de lo que leo en Libération sobre las ingerencias extranjeras en las elecciones francesas. Normal, qué se creían. Lo raro sería que no hubiera ingerencias extranjeras en las elecciones.

La soberanía es un título grandioso que poseen los Estados y sus representates legítimos e ilegítimos. Y nada por encima de ellos. Bueno, casi nadie.

Ni siquiera en el gobernante más soberanos del país más soberano del mundo, es decir, Trump, objeto, como todo el mundo, a sobornos, compara, engaños, maniobras distractivas, amenazas subterráneas y no tan subterráneas incluso en lo personal e intrasferible. Puede anunciar algo, su contrario y su contradictorio en un mismo día. Parece au-dessus de la mêlée. Algo está, pero nada es completo.

Y salto a Ceuta. Sólo pensando lo que se encontrará Feijoo, más o menos trumpista, cuando sea presidente soberano del gobierno español, país soberano, ya comienzo a darle vueltas. ¿Dónde está la soberanía? Ciertamente, no de la Comunidad Autónoma ni del Estado del que forma parte (cosa que se discute en términos de colonialismo). Hay que introducir a Marrruecos y su rey llamando "Trump" a la autopista recién inagurada en su país, a los países que enviaron posibles visitantes de Ceuta, a las redes sociales de diversos países y, ya puestos, a Italia. Busco soberanía imbatida y no la encuentro.

Y es que se trata de una palabra mágica para sacralizar poderes. Y cuando se trata de sacralizar... Cuidado. Puede ser un atajo para la sumisión.

Mis disculpas. Pero no soy el único que tiene dudas sobre la supervivencia del llamado "orden" internacional.

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